Intolerante y Radical

 

 

¿Qué soy? es La Pregunta que recorre mis pensamientos continuamente. La que cuando parece desvanecerse irrumpe de nuevo, como las olas, salpicando todas mis ideas; que son de arena y que a veces se las lleva, y a veces me las devuelve cuando así lo decide.

Y es que, de esto va la respuesta, de pensamientos. ¿Qué sería yo sin mis pensamientos? probablemente es algo parecido a lo que Silvio Rodriguez se plantea sobre qué sería su música sin sus ideas. ¿Qué sería yo sin mis pensamientos? y es que, sencillamente, no existiría.

Mis amigos, mis enemigos, los abrazos de mi madre y aquellas personas que desaparecieron de mi vida son ahora pensamientos, son parte de mi. Y yo soy inexplicable sin una completa combinación de todo ello.

El tránsito por la vida es complejo, es una contínua lucha del individuo contra los colectivos a los que pertenece (por o sin imposición) y contra los hilos del poder que nos envuelven a todos. El Poder en sí no tiene fuerza, pero se dota de herramientas para ejercerla: El Estado y sus leyes, la Nación, el Capital, la Propiedad, la Historia… son sus activos más efectivos para conseguir sobrevivir. Y para ello necesitan que seamos razonablemente iguales.

Iguales anatómicamente ya somos. Esto no es trivial ya que no solo los edificios, las aceras y las escaleras se hacen pensando que todos somos iguales. También las esposas que te pone un policía, las armas con las que un Estado te mata a ti o a tu familia, la tortura que contra ti ejerce un funcionario de algún cuerpo represivo o las prisiones donde encierran a los disidentes se basan en una sola idea: que todos somos físicamente iguales. No hay nadie con superpoderes capaz de levantar los brazos por encima de los hombros cuando están atados a la espalda, nadie capaz de volar, nadie que sobreviva a unos balazos en un punto vital, nadie que no sienta miedo cuando vea su cabeza dentro de un cubo de agua en un calabozo.

Y el miedo es otra clave de nuestra igualdad. Todos los humanos sentimos miedo, que al final no es nada más que la pelota de tenis que está en juego y se manda de un campo a otro. El Poder juega con el miedo, sabe que el miedo paraliza más que unas esposas o que una cárcel. Normalizar el miedo, hacer que todos sintamos miedo por las mismas cosas, puede ser clave para hacernos asimilar comportamientos y pensamientos.

El pensamiento es la parte más difícil de normalizar, porque no se marca desde el nacimiento, nos lo marca nuestra vida. El Poder se juega su existencia aquí, más que en todo lo demás. Hacernos iguales en pensamiento es una idea demasiado golosa como para dejarla pasar.  Y es aquí donde intervienen los brazos del Estado, es aquí donde es necesario utilizar la idea de nación, de cultura, de capar las ramas de la historia para dejar solo una de ellas, la que más les guste. Es aquí donde se hace necesario introducir una tele, una radio, un periódico, una bandera y un partido de fútbol en cada casa.

Es aquí donde interesa que todos seamos demócratas, centralistas, no violentos, moderados, sensatos… Es aquí donde al Estado le interesa que tengas novio, y solo uno, pedazo de zorra. Es aquí donde al Estado le interesa que unos adolescentes apalicen a un compañero en clase por ser diferente. Es aquí donde el Poder disfruta viéndonos disfrutar de un partido de fútbol, de que pensemos que necesitamos que alguien nos de trabajo, de que nos contentemos con ir a votar creyendo que es el mejor de los sistemas. Es aquí también donde antes te decían que follar sin estar casado era malo, ahora te dicen que no haber follado a los 20 años también es malo. Es ese momento en el que te venden que ir a la Universidad significa tu ascenso social y cuando llegas te venden el fracaso de ir a la Universidad. Y es que, la fina ironía y la sutileza del poder reside en estos pequeños detalles: No importa el mensaje, no importa cómo seas, lo que importa es que seas igual que los demás.

Mira, ¿qué más da que seas demócrata o autoritario?, da igual. El Poder quiere que todos seamos demócratas, o bien que todos seamos autoritarios. Y en este sentido, hasta nos darían a elegir si no fuera porque ahora es más fácil promover el comportamiento demócrata, aún sin saber bien qué es eso de la Democracia que nos intentan vender tan bien.

¿Y qué somos si nuestros pensamientos nos vienen marcados por entes ajenos, de forma sistemática y planificada?. No somos nada, o al menos nada imprescindible, nada que merezca la pena conservar. Podemos morir y dará igual, el mundo no habrá perdido diversidad.  Los que controlan el Poder nos necesitan así, todos iguales, todos demócratas, todos nacionalistas, todos sumisos… Y para ello nos entrenan con un Sistema Educativo que convierte los óvalos en cuadrados, las curvas en rectas. Un Sistema que en realidad es una fábrica de ladrillos destinados a construir siempre el mismo muro.

Érase una vez una semilla que vino a caer en mitad de un camino. La semilla se introdujo en la tierra y, tras el paso de las estaciones, de las lluvias otoñales, y las nieves de invierno, vino a crecer al llegar la primavera. De la semilla nació una bella flor, de color rojo. Siguió creciendo con la esperanza de de ser la primera flor en mitad del camino, pero no la última.

Un buen día, al amanecer, la abrió sus pétalos para saludar al Astro reluciente. En aquel momento el astro se ensombreció y la flor quedó destrozada y hundida en el suelo, bajo la presión de una bota de goma de un caminante ajeno a nuestra historia.

Ser una flor en el camino significa ser estar indefenso bajo la bota del Sistema, para el cual eres insignificante. Escuelas, Televisión, Radio, Prensa, Religión y leyes trazan los caminos, tienen suficientes recursos humanos (políticos, sociólogos, filósofos, periodistas, expertos en absolutamente cualquier campo) destinados a crear un discurso, a sostenerlo con argumentos, a defenderlo en un debate, a crear un marco teórico que monopolice nuestro pensamiento. Ante esta tesitura solo cabe la intolerancia,  nuestro arma de defensa más efectiva.

Frente a todos los medios del Poder, capacitados para construir y elaborar un discurso potente y duro que llegue a todos, solo cabe construir un discurso propio, labrado con el paso de las vivencias de la vida y del aprendizaje colectivo. El discurso de la tolerancia solamente nos lleva a dejar florecer las ideas impuestas por el Poder, que se venden como moderadas y tolerantes. El Poder no tiene miedo a la moderación porque es el mismo Poder quien establece la moderación como concepto y marca su frontera. La tolerancia es nuestra forma de consentir la obra del enemigo, de permitir que invada nuestros pensamientos con los suyos. Frente a la tolerancia, solo nos queda aplicar la intolerancia.

Sin embargo, nuestro conocimiento no solo proviene de la experiencia propia, si no de la experiencia ajena. La intolerancia no debe traducirse en practicar una suerte de aislamiento intelectual frente a todo y frente a todos, pero sí ha de suponer una barrera defensiva que evite que cualquier pensamiento ajeno a nosotros termine siendo aceptado e interiorizado sin pasar antes por estricto y largo proceso de reflexión y aceptación.

Me dijeron que fuera católico, y dejé de ser ateo.

Me dijeron que fuera del Real Madrid, y dejé de ser del Rayo Vallecano.

Me dijeron que fuera universitario, y dejé de ser labrador.

Me dijeron que aceptara la democracia, y dejé de ser comunista.

Me dijeron que aceptara las ideas de los demás cuando difirieran, y dejé de aceptar las mías.

Me dijeron que fuera diferente, y dejé, sencillamente, de ser.

Y es aquí donde la intolerancia muestra su deber más importante: defender las ideas radicales de la amenaza del centralismo y la moderación. Las ideas radicales han de ser entendidas como aquellas que tratan de cambiar el Sistema desde su raíz, y no se limitan a practicar una poda de las ramas del Poder. Las ideas radicales, bajo continua campaña de acoso y derribo, deben ser defendidas por el escudo de la intolerancia si estas quieren ser preservadas, si queremos luchar y resistir hasta el final frente a la horda del pensamiento único, que ya casi se ha proclamado vencedor de la lucha de ideas.

Y es que, sin ideas radicales, no puede haber evolución o progreso respecto al Sistema actual, a excepción de los parches que el Poder decida autoimponerse.